Guaranda, una ciudad sin tiempo

La dorada luz de la mañana rezumaba como miel sobre el Chimborazo y lenta inundaba la ciudad, primero iluminando los techos de las coloridas casonas hasta tocar las gastadas piedras de las calles. Varios personajes brotaban de las sombras, algunos en traje de oficina yotros en poncho, para luego volver a sumirse en las tinieblas. Pronto el parloteo de cientos de preciosos niños rebotaba en las desgastadas paredes mientras se precipitaban a comprar sus golosinas matinales. Caminé calle abajo hasta encontrar a Ángel, un hombre de ochenta años sentado en una pila de viejos zapatos, rodeado de recortes de periódicos que había coleccionado por años. “Ya no soy necesario” –admitió el zapatero–. “Cuando se rompen los zapatos, la gente va y compra por cinco dólares un nuevo par hecho en China”.

Guaranda, una ciudad sin tiempo, sufre el mismo destino que otros lugares apartados en Ecuador: los jóvenes han partido a buscar trabajo, dejando a los niños y a los viejos cuidándose mutuamente.

Descendimos rebotando por los polvorientos caminos que circunvalan las montañas que acunan a Guaranda, pasando junto a ruinas de adobe y aterrizando en antiguos poblados. La cosecha estaba en su apogeo. Los indígenas de los alrededores de San Simón y San Lorenzo se ocupaban arrebatando mazorcas a las marchitas cañas. Una mujer sentada con su guagua en las vacías calles de San Lorenzo cuidaba un montón de unos cincuenta zapallos recién cogidos. En camino a Salinas, famosa por sus chocolates y sus quesos, nos topamos con una minga en plena pujanza. Del cielo caían hojuelas amarillas mientras la máquina acometía las espigas de cebada, separando el preciado grano. Mientras los adultos repartían el producto, los niños corrían y saltaban desde el tajo del camino, abriendo sus brazos y volando como cóndores sobre el rastrojo de paja. “Agua bendita” –un anciano se me acercó–, “hay que tomar el agua bendita”. Después de tres o cuatro tragos de puro de caña el cielo empezó a llorar e iniciamos nuestro regreso a Guaranda.

Me maravilló la diversidad del cantón Guaranda. Desde el pie del Chimborazo se podían ver numerosos volcanes, incluyendo el Cotopaxi, el Altar y la mama Tungurahua, que disfrutaba de su habitual fumarada mañanera. Tras solo una hora y media de descender por la vieja ruta de intercambio, el Camino Real, el calor costeño ya dilataba los poros de mi piel. El mar de nubes que se extendía bajo nosotros cubría el inmenso mundo del montubio, tan diferente de las comunidades andinas que dejábamos atrás. El cacao dominaba el paisaje alrededor de San Luis. Motocicletas, caballos y burros eran los principales medios de transporte y las naranjas se desperdigaban por el suelo como desmesurados granos de arena. Desde San Luis, Hugo Morales, un hombre de ojos verdes y pelo blanco, me condujo a su casa de tablones en el pueblo de Chongona. Me presentó a su suegra, Rosario Orellana, quien ostentaba una edad de 110 años. Sus lúcidos ojos verdes atisbaban de entre las profundas arrugas de su cara. Le mostré la fotografía que le tomé en la pantalla de mi cámara digital, pero era demasiado pequeña para que la pudiera discernir.

Luego de unas horas, yo estaba de regreso en Guaranda disfrutando de una tortilla con queso desparramándose por los costados. Mi bus salía a la mañana siguiente. Mientras seguímos la ventosa vía a Ambato, el Chimborazo divisaba a los mortales desde las alturas. Al devolver la mirada a la bestia divina, atónito, le agradecí por mostrar su faz durante el tiempo que permanecí en sus valles.

*Ivan Kashinsky es fotoperiodista. Ha publicado sus fotografías en los principales medios nacionales y en medios internacionales como National Geographic, GeoVanity Fair y The New York Times. Fue editor de fotografía de Ecuador Terra Incognitaivankphoto@gmail.com
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